Si pensaban que la Primera Guerra Mundial fue sólo trincheras, barro y mariscales con bigotes imposibles, les traemos un relato digno de una comedia de enredos: la Batalla de Tanga, también conocida como la «Batalla de las Abejas», un capítulo de la Gran Guerra que aunque pueda parecer el culmen del humor absurdo, fue una historia bien real.
Contexto histórico: ¡vamos a conquistar Tanga!
Corría el año 1914, y el mundo estaba en llamas. Mientras en Europa las potencias se despedazaban con un entusiasmo digno de mejor causa, en África Oriental se vivía una versión alternativa del conflicto, mucho más desorganizada.
Gran Bretaña, siempre con ganas de ampliar su colección de colonias, puso los ojos en la pequeña localidad de Tanga, en la actual Tanzania. Este tranquilo puerto, controlado entonces por los alemanes, parecía un objetivo fácil y estratégico.
El general británico Arthur Aitken, que al parecer había pasado por alto el concepto de «reconocimiento previo», lideró la operación. Su plan era simple: desembarcar rápidamente, tomar el puerto y derrotar a las escasas fuerzas alemanas. Sobre el papel, nada debía salir mal.
Las fuerzas en contienda
Por un lado, teníamos a los británicos, con una fuerza de más de 8,000 hombres compuesta principalmente por tropas indias recién llegadas del otro lado del océano. Estaban bien pertrechados, pero con un pequeño detalle: no tenían experiencia ni el más mínimo conocimiento del terreno.
En el otro lado del cuadrilátero, los alemanes bajo el mando de Paul von Lettow-Vorbeck, un hombre conocido por su habilidad estratégica y su carisma. Su ejército, de apenas 1,000 soldados alemanes y 2,000 askaris (tropas africanas locales), estaba mejor adaptado al entorno.
Y aunque en clara desventaja numérica, tenían algo que los británicos no: un plan decente.
El desembarco: abejas, confusión y desorden
El 2 de noviembre de 1914, los británicos llegaron a Tanga con pompa y circunstancia. La primera señal de que algo no iba bien fue cuando los alemanes recibieron un aviso previo del ataque.
Cortesía de la «discreción» británica, los defensores tuvieron tiempo suficiente para fortificar sus posiciones y preparar una recepción poco amistosa.
Cuando finalmente desembarcaron, los británicos encontraron resistencia inmediata. Lo que siguió fue un caos absoluto. Las tropas indias, agotadas tras el largo viaje y desorientadas en el calor africano, avanzaron sin coordinación. Y aquí entra uno de los elementos más inesperados de esta historia: abejas.
Sí, abejas. Africanas.

Resulta que el combate perturbó a varias colmenas cercanas, y los insectos no estaban para bromas. Tanto británicos como alemanes fueron atacados por enjambres furiosos, pero los soldados de Lettow-Vorbeck parecían lidiar mejor con la situación.
Por su parte, los británicos, más expuestos, huyeron en desbandada, probablemente preguntándose qué clase de infierno natural había desatado el enemigo.
Y es que el verdadero golpe de gracia, el factor que desequilibró esta contienda, lo dieron los actores menos esperados: enjambres de abejas africanas enfurecidas. Como decíamos, los disparos y las explosiones despertaron a estos irritables insectos, que tenían la mala costumbre de anidar en los árboles de la zona.
Furiosas por la molestia, las abejas atacaron a soldados de ambos bandos, pero por alguna razón especialmente a los británicos, que, en el colmo del horror y el desconcierto, no solo eran acribillados por los defensores alemanes, sino que también eran perseguidos por una nube de aguijones furiosos.
Los errores de Aitken o manual de cómo no dirigir una batalla
Esa fatídica jornada para los británicos, Arthur Aitken demostró ser el anti-Midas de la estrategia militar: todo lo que tocaba se convertía en desastre. Además de subestimar al enemigo, no logró coordinar los movimientos de sus tropas ni asegurarse de que tuvieran suficiente suministro de agua y comida.
Por si fuera poco, se dedicó a ir enviando pequeños contingentes a enfrentarse a posiciones fortificadas, garantizando así su derrota y aniquilación.
Los alemanes, mientras tanto, utilizaron su conocimiento del terreno y el entrenamiento de sus tropas para infligir un daño significativo. A pesar de estar en desventaja numérica, lograron repeler a los invasores con eficacia, utilizando cada recurso disponible, incluidas las «tropas aliadas» inesperadas: las abejas.
El desenlace: una retirada poco gloriosa
Después de tres días de combates caóticos, el 5 de noviembre, los británicos finalmente decidieron que habían tenido suficiente humillación. Se retiraron apresuradamente, dejando atrás grandes cantidades de armas, municiones y suministros. El botín capturado por los alemanes fue considerable y les permitió sostener su resistencia durante más tiempo en la región.
Lettow-Vorbeck emergió como un héroe local y consolidó su reputación como un maestro de la guerra asimétrica.
Arthur Aitken, por otro lado, regresó al Reino Unido en desgracia, cargando con la responsabilidad de uno de los fracasos más humillantes de la campaña africana.
Curiosidades de la Batalla de Tanga
- Las abejas como protagonistas: Aunque es imposible determinar cuánto influyeron en el resultado, los enjambres furiosos se han convertido en una de las anécdotas más recordadas de esta batalla.
- Un botín inesperado: Los alemanes capturaron rifles Lee-Enfield, municiones, uniformes y equipos médicos. Este botín fue vital para su supervivencia en el teatro de África Oriental.
- El mito de la «inmunidad alemana»: Se dice que los soldados alemanes parecían menos afectados por las abejas, lo que algunos interpretaron como una especie de «conexión germánica con la naturaleza». Más probablemente, pura suerte.
- Un fracaso estudiado: La Batalla de Tanga es ahora un caso de estudio en academias militares, no como ejemplo de éxito, sino como una guía de cómo no planificar y ejecutar una invasión.
La Batalla de Tanga es un recordatorio de que en los conflictos más serios, hay lugar para el absurdo y lo inesperado. La combinación de mala planificación, tropas desorientadas y un súbito ataque de abejas la convierte en un episodio inolvidable.
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EL AUTOR
Fernando Muñiz
Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.
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