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La ley que prohíbe los chicles en Singapur ¿orden o exageración burocrática?

Si existiera una competición mundial por las leyes más excéntricas, la prohibición de los chicles en Singapur sin duda estaría entre las favoritas para llevarse el primer premio.

Este pequeño y próspero país del Sudeste asiático no solo es conocido por su impecable urbanismo y sus rascacielos de ensueño, sino también por tener una de las normativas más estrictas del planeta.

Y es que estamos hablando de un país donde mascar un simple chicle puede convertirse en un acto subversivo digno de una novela distópica.

Contexto histórico: del caos al orden (y al chicle prohibido)

Singapur alcanzó su independencia en 1965, y desde entonces, la llamada «Ciudad de los Leones» ha pasado de ser una isla subdesarrollada a uno de los centros financieros más importantes del mundo. Sin embargo, este ascenso meteórico no fue gratuito. El gobierno, liderado por figuras como Lee Kuan Yew y posteriormente Goh Chok Tong, instauró una serie de medidas para garantizar el orden y la prosperidad. Estas incluyeron desde una estricta planificación urbana hasta una regulación casi obsesiva de los comportamientos ciudadanos.

Chicle y Singapur
La prohibición de los chicles en Singapur

Fue en este contexto que, en 1992, se aprobó la famosa ley que prohibía la importación y venta de chicles.

Y no, no fue una decisión caprichosa de un gobernante que detestaba la menta. Al parecer, la razón detrás de esta medida tenía que ver con un problema muy real: los residuos de chicle estaban causando estragos en el sistema de transporte público.

El origen: chicles y trenes

En 1987, Singapur inauguró su primer sistema de trenes MRT (Mass Rapid Transit), un proyecto ambicioso que simbolizaba el progreso del país. Pero, según las autoridades, algunos ciudadanos “rebeldes” comenzaron a pegar chicles en las puertas automáticas de los trenes, lo que provocaba fallos en el sistema y retrasos para miles de pasajeros.

La solución del gobierno fue tan radical como eficiente: si el chicle es un problema, eliminemos el chicle.

En 1992, bajo el mandato de Goh Chok Tong, se aprobó la Singapore Statute Chapter 57: Control of Manufacture Act, que prohibió la importación, venta y distribución de chicles, salvo para usos médicos o dentales. La norma se aplicó con una rigurosidad casi quirúrgica, imponiendo multas que podían llegar hasta los 50.000 dólares singapurenses (unos 31.500 euros) para los infractores.

¿Medida drástica o lección de civismo?

La prohibición de los chicles desató un debate global. Por un lado, Singapur fue alabado por su firmeza en mantener el orden público; por otro, se convirtió en objeto de burlas y críticas por lo que muchos consideraron una medida desproporcionada.

La ley pasó a ser un símbolo de «micromanagement» gubernamental y un recordatorio de que, en Singapur, la limpieza no es solo una virtud: es una obligación.

Chicle y Singapur
La prohibición de los chicles en Singapur

Sin embargo, a nivel estético hay que reconocer que la estrategia funcionó.

Las calles y los espacios públicos de Singapur están entre los más limpios del mundo. L

Curiosidades sobre la ley de los chicles

Algunos datos curiosos:

  1. Chicles medicinales permitidos: En 2004, Singapur relajó parcialmente la ley, permitiendo la venta de chicles terapéuticos, como los que contienen nicotina para dejar de fumar. Sin embargo, sólo pueden ser adquiridos en farmacias y bajo estricta supervisión.
  2. El impacto diplomático: Durante las negociaciones de un tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Singapur, las empresas norteamericanas presionaron para que se levantara la prohibición total. El resultado fue la excepción antes mencionada de los chicles medicinales.
  3. Multas que asustan: Aunque la ley ha sido ampliamente respetada, no faltaron casos de «turistas despistados» que trajeron chicles al país y se encontraron con multas inesperadas.
  4. Cero tolerancia al contrabando: Intentar introducir chicles de contrabando en Singapur es un delito grave que puede implicar penas de prisión. Así de serio es el tema.

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EL AUTOR

Fernando Muñiz

Escritor, profesor, traductor, divulgador, conferenciante, corrector, periodista, editor.


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